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Antioquia siembra conciencia para cuidar su fauna silvestre

La caza de un jaguar empaña la lucha por proteger a los animales silvestres, una tarea que desvela a las corporaciones autónomas.

  • Los jaguares a pesar del asedio humano, subsiten en bosques de Antioquia. FOTO Esteban Vanegas
    Los jaguares a pesar del asedio humano, subsiten en bosques de Antioquia. FOTO Esteban Vanegas
Llegó la hora de sembrar respeto por la fauna
22 de mayo de 2016
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Las deprimentes imágenes de un jaguar cazado por campesinos presuntamente en una vereda de Puerto Berrío puso en evidencia esta semana la poca conciencia ambiental que aún hay en las comunidades sobre la necesidad de proteger estas especies, pero también mostró que el territorio antioqueño goza el privilegio de tener en sus bosques no solo a este animal portentoso y bello, sino otras cientos de especies de fauna silvestre que hay que cuidar para que no mueran los ecosistemas.

Si muere un animal de estos, llamados técnicamente sombrilla, es el fin de un ecosistema. Fatal para la humanidad, para la tierra.

Un ejemplar sombrilla es la especie endémica, bandera o emblemática de las áreas protegidas y donde están es indicador de que alrededor hay otros que merecen conservarse. Son la señal de vida.

“Cuando se declara un área protegida es porque en ella hay especies que ameritan conservarse”, recalca Luz Adriana Molina, subdirectora de Ecosistema de la corporación Corantioquia.

Es precisamente esta CAR la que investiga si el suceso de la caza del jaguar en efecto ocurrió esta semana en Puerto Berrío o corresponde a un episodio del pasado o de otra zona. Más allá de si logra establecerse o no, está la realidad de las fotos, en las que se ven sujetos con escopetas posando junto al animal cazado.

Un despropósito que mereció el rechazo general y que activó las alarmas sobre la necesidad de sembrar conciencia para proteger estas especies.

Rica, diversa y en amenaza

Explorando en las corporaciones se encuentra una larga lista de animales silvestres que convierten a Antioquia en un territorio privilegiado por ser hábitat de estas especies, incluido el mismo Valle de Aburrá, donde se han visto hasta pumas.

Jaguares, pumas, yaguarundies, ocelotes, margais, oncillas, osos de anteojos, cinco especies de tortugas marinas, dantas, titíes pielroja, cangrejos azules, perezosos de tres uñas y monos araña negra o marimondas chocoanas, como también se les conoce, son solo algunos de esa larga lista de animales silvestres que aún ambulan por los bosques de Antioquia y que las corporaciones, con pocos recursos pero con mucha dedicación, intentan proteger de las muchas amenazas que pesan sobre su existencia, como la caza, la expansión de la frontera agropecuaria, la deforestación, el tráfico ilegal de especies y hasta construcciones civiles, como vías y puentes, que implican talas y devastación.

Corantioquia, por ejemplo, tiene planes de manejo y recuperación para 20 especies de fauna. La reserva forestal Cerro Bravo, los Farallones de Citará, el Corredor de las Alegrías y distritos de manejo integrado como los ríos Barroso y San Juan y el Páramo de Santa Inés o Belmira, son algunas zonas en las que habitan estas especies y que se busca proteger, con las mismas comunidades como aliadas.

“Todas las especies que protegemos están en la categoría de amenazadas de acuerdo con los libros rojos, ya sea en estado vulnerable, en peligro o en estado crítico”, señala Luz Adriana Molina, de Corantioquia. Muchas son sensibles al tráfico y la entidad hace grandes esfuerzos en el tema del control para recuperarlas y devolverlas a sus hábitats.

En su jurisdicción hay identificados 34 ecosistemas estratégicos por su diversidad de flora y fauna y en ellos se trabaja con campesinos residentes compensándoles para que, en vez de arrasar las especies, las cuiden.

Urabá, biodiverso

El panorama en Urabá y parte del Occidente es parecido en la riqueza y diversidad, pero también en el de las amenazas. Ana María Ceballos, profesional de Fauna Silvestre de Corpourabá, subraya que por su ubicación estratégica, Urabá “es uno de los puntos más ricos en diversidad de fauna, especialmente en reptiles, aves, mamíferos y anfibios”.

Especies como el oncilla (tigrillo de clima frío o paramudo), el oso de anteojos, las tortugas marinas, el tití pielroja, la guagua y el mochuelo, por mencionar algunos, hacen la diferencia faunística en esta región.

Los más graves problemas se presentan con el tráfico ilegal y la caza, que tiene en peligro de extinción a especies como el cangrejo azul, del que “se ha hecho un aprovechamiento excesivo, insostenible, cuando se da la marcha del cangrejo, que las hembras llegan a desovar y los cazadores las esperan y ni las dejan que desoven”, denuncia.

Las tortugas marinas, de las que hay cinco especies, se protegen compensando a la comunidad de la vereda Lechugal (Necoclí) con el pago de un salario y dotación de equipos para que monitoreen las especies y eviten la caza.

Corpourabá dispone de un hogar de paso de fauna silvestre recuperada en el que se han identificado 89 especies.

“Urabá, por ser zona de confluencia de costeños, antioqueños, chocoanos, afrodescendientes e indígenas, tiene mucha presión sobre la fauna silvestre y no es fácil el control”, advierte Ceballos.

Cornare tiene el control de 810.000 hectáreas del Oriente, con todas las zonas de vida: desde páramos hasta humedales, “con microclimas y hábitats de muy buena biodiversidad”, que incluye los seis felinos que habitan el territorio colombiano, señala su biólogo David Echeverri.

Recuerda que los conflictos entre humanos y felinos se dan por la expansión agropecuaria, que llega a las zonas de bosque y hace que los felinos, al ver invadido su corredor, ataquen reses para alimento.

Con el proyecto de BanCo2, que compensa a los campesinos por proteger los bosques, se busca conservar las especies, con un proyecto que incluye a 35 familias. El control al tráfico de especies es complejo porque la zona la cruza la autopista Medellín-Bogotá, un corredor de mucha movilidad y tráfico automotor.

Edificios, avenidas y aves

La situación en el Valle de Aburrá es aún más paradójica, pues entre edificios y sobre avenidas vuelan aves, corren zarigüeyas y hasta al borde de sus montañas llegan pumas.

“En la Facultad de Minas hay una comadrejita y se le ve ahí jugando”, comenta Víctor Vélez, biólogo de la Subdirección Ambiental del Área Metropolitana.

El problema en esta región es la instalación de cebaderos en hogares, pues si bien en el día confluyen aves de gran canto y colorido, en las noches llegan murciélagos y zarigüeyas, a las que la gente no les ve la fantasía sino que les teme o les da repulsión y proceden a matarlas, “y estos animales son necesarios para el ecosistema, para fecundar el verde que sembramos en la ciudad”.

Miles de páginas se podrían escribir sobre este tema. Por ahora, se trata de sembrar conciencia, amor y respeto por los animales. Lo último que hay que hacer es cazarlos, traficarlos o matarlos. Primero fue el bosque y luego llegó el ser humano.

El animal no invade, circula por su territorio. Lo importante es la armonía entre las especies, es lo que piden las corporaciones. Y lo que clama la humanidad.

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