Más de cuatro minutos tardó un gavilán en salir volando después de que se le abriera de par en par la caja de cartón en la que viajó desde Barbosa hasta una zona boscosa del Magdalena Medio, donde fue liberado junto a otros 60 individuos de fauna silvestre, entre serpientes, zarigüeyas, tortugas, ardillas, gallinazos y búhos.
El ave tenía más de 300 hectáreas de bosque para volar a sus anchas, entre árboles gigantes y con ríos de agua limpia serpenteando en las montañas, y sin embargo se aferraba a la pequeña caja.
—Es el miedo a la libertad que les da a las especies silvestres cuando las someten al encierro mucho tiempo—, explica Juan Camilo Restrepo, zootecnista y coordinador del Equipo de Fauna de Corantioquia, que se unió con el Área Metropolitana en una expedición para dejar en libertad las especies silvestres en bosques de adecuados a su condición de animales salvajes.
Tras varios intentos y mucha ayuda de parte de personal experto, después de 4 minutos y 3 segundos, el animal voló. Un kilómetro atrás ya habían sido devueltos a su territorio dos gallinazos adultos, que pusieron menos resistencia para alzar el vuelo.
Un búho rayado adulto tardó 5 minutos y 29 segundos en impulsarse, extender sus alas y partir al cielo, donde inició de nuevo su vida silvestre. Escenas parecidas se vivieron con la liberación del resto de especies, incluidos otro búho y cuatro currucutúes, que pese a tener jaulas y guacales abiertos, no partían.
Tal es el mal que los traficantes de fauna les hacen a los animales cuando los llevan a las ciudades, donde les cambian sus hábitos alimenticios y sus movimientos, que se olvidan de que fueron libres y que perdieron millones de hectáreas de bosque.
Cifras de la esclavitud
En lo que va de 2017, el Área Metropolitana y Corantioquia han recuperado 1.163 individuos de fauna silvestre, especialmente aves y reptiles. El tráfico de fauna está catalogado como el tercer delito más rentable después del tráfico de drogas y el comercio ilegal de armas. Se estima que a los delincuentes les quedan ganancias anuales por más de 22 mil millones de dólares.
-Son mafias organizadas, y por eso trabajamos con la Policía para poderlas desmantelar e incautarles las especies-, señala Luz Adriana Molina, subdirectora de Ecosistemas de Corantioquia. Advierte que quien compra un ejemplar silvestre se hace cómplice de este negocio ilícito.
La crueldad llega a tal extremo, que para facilitar su comercio y adaptación al ambiente humano, los animales son agredidos físicamente.
—Uno quisiera decir que han cambiado las cosas, pero tristemente no es así, se sigue cometiendo mucho abuso—, señala Marcela Ramírez, médica veterinaria del CES, que opera el Centro de Atención y Valoración de Fauna Silvestre del Área Metropolitana -CAV-, situado en Barbosa, donde recuperan la fauna incautada.
Dice que a las aves les quiebran las alas, les cortan el pico y les pintan el plumaje para hacerlas aparecer como otras especies de mayor valor económico. Incluso, les pintan las uñas o les ponen crestas adheridas a la cabeza con pegaloca.
—A los felinos les cortan las garras y les liman los dientes—, asegura Marcela.
El costo del amor animal
En el CAV laboran 17 personas las 24 horas, con una inversión de $1.400 millones anuales.
—Acá no se sacrifican especies, se llega a una eutanasia terapéutica solo cuando lo mejor para ellos es esa opción—, explica Ana Cecilia Arbeláez, líder de Control y Vigilancia del Área Metropolitana. La recuperación de un mamífero puede costar $250.000 mensuales con la atención médica y la alimentación. Una lora vale alrededor de $60.000.
Maratón de liberaciones
El jueves y viernes, los individuos fueron devueltos al Magdalena Medio, donde hay abundante bosque protegido. Allí se integraron a la cadena ecológica.
—Buscamos corredores conectados y tenemos reubicadores aliados que garantizan que la especie no será perseguida—, recalca Luz Adriana Molina.
Los nombres de los territorios no se revelan, afirman las corporaciones, porque es darles a los traficantes las señas para ir allí a recapturarlos. La estadística dice que por cada ejemplar que llega a la ciudad, 10 pierden la vida en el viaje.
En la correría fueron liberadas 4 zarigüeyas, 8 boas, un gavilán, 2 gallinazos, 2 búhos, 4 currucutúes, 4 ardillas y más de 30 tortugas. Habitantes de los territorios asumieron el compromiso de trabajar en su protección y no agredirlos.
—Este es un paraíso y ellos llegan al paraíso, acá no les va a pasar nada, no puede haber cazadores—, asegura María Cristina Ruiz Londoño, residente en una hacienda en el bosque de la libertad.
Carlos Andrés, campesino, advierte que allí a los animales se les deja quietos.
—Hace poco cogieron a cuatro cazadores y les advirtieron que dejaran su actividad, y no han vuelto—, señala.
La mayoría de especies de fauna silvestre que llega al Valle de Aburrá proviene del Bajo Cauca, el Magdalena Medio y el Nordeste. Y hacia estos territorios son devueltas.
—Buscamos que en los bosques haya agua y abundantes árboles altos y ramas para que ellos se mueven entre el piso y el aire—, detalla la bióloga Ana Catalina Pinzón.
Su compañera veterinaria Gina Paola Serna, asegura que allí tienen alimento seguro. En la cadena de la vida morirán y ellos matarán a otros, pero será en su escenario natural, el bosque, y disfrutando de su principal derecho: la libertad .