Así como en Nueva York, Estados Unidos, fue creado en 2011 el National September 11 Memorial & Museum para recordar a las víctimas del atentado a las Torres Gemelas; o en Polonia se fundó, en 1947, el Museo estatal de Auschwitz, que rinde homenaje a los fallecidos en el holocausto de la Segunda Guerra Mundial, en Medellín existen monumentos, que luchan contra el olvido para evidenciar hechos dolorosos que marcaron la ciudad.
Esculturas, canchas de fútbol, placas o figuras religiosas hacen parte de esos espacios, pero ¿cuál es su importancia?
“Son sitios que se generan desde la oficialidad o desde la comunidad y permiten marcar un evento o acontecimiento del conflicto”, dijo Sandra Arenas, docente de la Universidad de Antioquia.
Es decir, los sitios o monumentos de memoria se convierten en la representación de un hecho que es importante para la historia de una comunidad.
La coordinadora de la maestría en Ciencias de la Información con énfasis en Memoria y Sociedad, resalta que, para que un sitio se considere memorial debe tener “materialidad, que sea simbólico (que envíe un mensaje); y funcional: debe llevar a que la sociedad haga algo, que se cuestione sobre lo que pasó, conozca los antecedentes y lo que sigue del hecho”, explicó.
Respecto a Medellín, Gregorio Henríquez, antropólogo y analista del conflicto urbano, afirma que estos elementos “le permiten a la ciudad reconciliarse con sucesos que deberían conocerse y no repetirse”.
Arenas, por su parte, sostiene que, “los sitios tienen una memoria distinta”, pero todos hacen homenaje a las víctimas.
Que no sea punto final
Para Arenas, en ocasiones, la entrega de un espacio físico se ha malinterpretado como el cierre de un suceso. “No hay una pedagogía que genere diálogo entre Estado, víctimas y público, que es el propósito de los espacios. La gente los identifica, pero ignora su significado”. Idea en la que concordó Henríquez.
Ambos coinciden en la necesidad de acompañar la instalación de elementos o generación de espacios de memoria, con una narrativa que vaya más allá de una placa.
“Debe ser algo que genere una interacción y lleven a cuestionar al ciudadano del común sobre cada historia”, anotó el antropólogo.
Precisamente, el Museo Casa de la Memoria hace recorridos guiados con esa intención, tanto en su interior como en la ciudad, en los que los participantes investigan los sucesos y generan productos audiovisuales sobre la experiencia vivida.
EL COLOMBIANO recorrió cuatro de estos monumentos ubicados en los sitios más representativos de la ciudad y que dan cuenta de hechos clave en la historia de la región
Dos aves contra el miedo y la violencia en la ciudad
En el Parque de San Antonio, más de 300 personas se encontraban festejando en el evento “Cartagena soy yo”. Era la noche del sábado 10 de junio de 1995 y la música se vio interrumpida por el sonido de una explosión.
Los días siguientes, las portadas de los medios locales evidenciaron lo ocurrido: “¡Demencial!”, fue el titular de la edición del 12 de junio del mismo año de EL COLOMBIANO. Un pájaro de bronce destruido, al que le contaban los agujeros que había dejado la bomba, era la foto principal de la primera página.
23 personas fallecidas, entre ellas ocho menores de edad y una mujer embarazada, era el obituario del día reseñado junto a la recompensa de $500 millones ofrecida por el Estado para quienes dieran información sobre los responsables. 22 años después, los metales retorcidos siguen en el pedestal donde fue ubicado el artefacto explosivo y junto a los restos del ahora Pájaro Herido, se encuentra el Pájaro de la Paz, una réplica realizada por Fernando Botero como manifiesto en contra de la violencia. Ambas esculturas se tornaron referentes del centro y de la memoria de Medellín, tanto que además de ser punto de encuentro para los visitantes del parque, hacen parte de algunos recorridos guiados por la ciudad. A pesar de las capturas y de las versiones que referenciaban a grupos guerrilleros y narcotraficantes, hasta la fecha no hay claridad sobre los responsables. En 2015 el Consejo de Estado condenó a la Nación a indemnizar a los familiares de las víctimas, por considerar que fallas cometidas por la Policía propiciaron el crimen.
El legado de dos líderes políticos de la región
La mañana del 5 de mayo de 2003 se conoció una noticia triste del conflicto en la región. El entonces gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria, y el asesor de paz del departamento, Gilberto Echeverri, fueron asesinados por las Farc ese lunes durante un intento fallido de rescate por parte del Ejército Nacional en el sitio conocido como Mandé, zona rural de Urrao, Suroeste antioqueño. Gaviria y Echeverri fueron secuestrados el 21 de abril de 2002 cuando realizaban una marcha por la No Violencia desde Medellín hacia el municipio de Caicedo, Occidente de Antioquia, que había comenzado el 17 de ese mes y la cual fue interrumpida por integrantes del frente 34 de las Farc, que operaba en la zona. Con ellos fallecieron ocho soldados que también permanecían secuestrados en el campamento.
“Regreso doloroso”, fue la frase con la que EL COLOMBIANO tituló la primera página de la edición del 7 de mayo de 2003, cuando regresaron a Medellín los cuerpos de los políticos. En Urrao, cerca de 4.000 personas marcharon en silencio para honrar a las víctimas. Como parte de la tarea por preservar su legado, en el centro administrativo La Alpujarra, espacio donde funcionan la Alcaldía y la Gobernación, se encuentra desde 2004 instalada una obra de hierro y bronce realizada por el artista antioqueño Salvador Arango. La conforman dos figuras que representan a cada uno de los homenajeados y otras dos que hacen alusión a árboles. En Llanogrande, Rionegro, existe otra obra que recuerda a Gilberto Echeverri.
Cuando las armas blancas se volvieron arte
En el Parque Bicentenario, junto al Museo Casa de la Memoria de Medellín, se eleva entre los jardines un árbol poco convencional. Su tronco y ramales lo forman cuerpos y siluetas humanas, y no está hecho de madera y hojas: es de metal. Mide 6,5 metros de alto, 4,5 metros de ancho y pesa cerca de 2 toneladas. El artista Leobardo Pérez, quien elaboró esta obra, usó el metal de 27.398 armas blancas que fueron entregadas o decomisadas en procesos adelantados por la Policía de la ciudad. El objetivo del “Árbol de la vida”, nombre que recibe la escultura, es darle otro sentido al uso de estos elementos, que en otro contexto, hubieran herido o asesinado a alguien. Para visitantes de los alrededores, la obra es llamativa y lleva a cuestionar. “Uno se detiene para pensar qué hubiera sido si todas esas armas estuvieran en manos de delincuentes”, dice Alba Gallego, vecina del sector.
Inocentes de Villatina están inmortales en el Centro
“Mi intención principal era inmortalizar los sueños que estos niños nunca lograron cumplir por su temprana muerte”, relata Édgar Gamboa, el artista creador de “Los niños de Villatina”, una obra conmemorativa ubicada en el Parque del Periodista. Esta escultura, que representa un carrusel, recuerda a Johanna Mazo Ramírez (8 años), Giovanny Alberto Vallejo Restrepo (15 años), Johny Alexander Carmona Ramírez (17 años) Ricardo Alexander Hernández (17 años), Oscar Andrés Ortiz Toro (17 años), Ángel Alberto Barón Miranda (16 años), Marlon Alberto Álvarez (17 años), Nelson Dubán Flórez Villa (17 años) y Mauricio Antonio Higuita Ramírez (22 años), quienes el 15 de noviembre de 1992, en el barrio Villatina, oriente de Medellín, fueron asesinados por policías vestidos de civil, adscritos al disuelto F2, según determinaron las investigaciones posteriores.
La escultura, sumada a un centro de salud en el barrio, es el resultado obtenido por las madres de los jóvenes fallecidos, que lograron que el Estado reconociera la responsabilidad de los hechos.
¿Por qué en el Periodista?
Para Gamboa, el hecho de que la obra, un carrusel en el que están representados los niños en su cotidianidad, esté en el centro de la ciudad, la hace más visible, una característica necesaria con este tipo de esculturas de memoria.
No obstante, enfatiza en la necesidad de preservarla más, pues ha sido foco de olvido y vandalismo.