21 de julio. Hernando Aguirre, larga barba, muy tupida y blanca, como las que suelen pintarles a los profetas y a los patriarcas bíblicos, está sentado en el parque de central de Dabeiba. Como si fuera un paisano de la población que quisiera descansar a la sombra de una ceiba, aliviarse de un vigoroso y húmedo sol, mira el panorama cotidiano: tres colegialas que conversan sentadas con piernas cruzadas, dos trabajadores del municipio que atraviesan el lugar, una paloma que camina como perforando el aire con su pico a cada paso, y los trabajos paralizados de remodelación de bancas y jardineras. Calza chanclas.
Pero no es un lugareño. Es un hombre que vive errando desde el seis de agosto de 2013, cuando decidió emprender la Caminata Silenciosa por la Paz. Así la llama.
Él nació en Urrao y su familia tuvo que salir volada tras los sucesos del 9 de abril de 1948, el día del Bogotazo, porque la violencia se instaló en Urrao lo mismo que en muchos pueblos de Colombia.
“En ese tiempo no les decían ‘desplazados’ a los que salían huyendo de los violentos. Les decían ‘volados’. Nosotros nos volamos para Medellín”.
Andando los tiempos, su hermano, ya crecido, encaminó sus pasos a Hispania, en el Suroeste, donde administraría una finca, y Hernando salió tras él. Los oficios agrícolas lo ocuparon por un tiempo, hasta cuando decidió irse solo a Apartadó, en Urabá, a buscar mejores pastos. Allí estuvo hasta que llegaron los paramilitares a sembrar su régimen de terror.
“Partieron de la premisa de que si habíamos vivido años en una zona de guerrilla, debíamos ser auxiliadores de los guerrilleros”. Y lo hicieron salir volado otra vez. “Para aquellos años, a quienes debíamos huir de la guerra ya nos decían ‘desplazados’. Esta vez, me desplacé hacia Hispania”. Allá ha vivido con su hermana, Sofía.
Caminar y caminar
La iniciativa de caminar por la paz de Colombia surgió el 6 de agosto de 2013. “Por qué no hago algo por la paz, me dije un día. Un sacrificio”. Y pensó que una Caminata Silenciosa sería lo suyo. Una que le permitiera conocer de primera mano quiénes son sus hermanos de las distintas regiones y culturas. Cómo viven. Qué hacen. ¿Son tan diferentes a él? ¿O los colombianos somos los mismos en todas partes?
Salió de Hispania. Y desde el primer día ha hecho jornadas que empiezan y terminan con el día. Y como fue camionero, conoce las carreteras. No ha encontrado dificultades. En 45 días llegó a Ipiales y visitó el Santuario de Las Lajas. Es quizá el sitio que más orgullo le genera, a juzgar porque lo menciona varias veces en la conversación. Fotografías confirman su estancia en ese lugar. En Mocoa es la única parte del país donde le han colaborado tanto. El hotel, las comidas. Todo fue costeado por la Alcaldía, que comprendió el valor simbólico de su peregrinaje, llevando un mensaje de reconciliación. También ha recorrido los Llanos Orientales.
“Recuerdo uno de los tramos más duros de mi travesía: la Ruta del Sol. Ve uno el Magdalena, pero no hay sombras para protegerse de un sol como candela. Cuando no aguantaba más, tenía que meterme debajo de la carretera y recostarme en una de sus columnas”.
Después de dos años de recorrer el país, tiene por “meta y pensamiento” llegar a Santa Marta y ver la Sierra Nevada; pasar por Manaure y detenerse en las inmensas salinas; entrar a Valledupar y disfrutar de la música de acordeón.
“Soy solo. No tengo medios porque no alcancé jubilación. Siempre a pie. Nunca aprovechándome de camiones, buses ni demás automotores para avanzar. No descargo nunca las dos banderas: una de la paz y otra de Colombia...”
Hernando Aguirre sigue sentado en una de las jardineras del parque de Dabeiba. Lleva dos días varado, porque los pies, arriba de los talones, están en carne viva. Gasas cubren sus heridas. Se le acabaron los tenis, el calzado ideal para su travesía. Recibió de quién sabe quién unos zapatos de cuero de media bota color marrón, más duros que el asfalto, y lo están matando. Más parecen zapatos de obrero que de caminante. Está pensando ir a una carpintería, “ya vi una, por la troncal”, a darle golpes de martillo al cuero para ablandarlo. Le recomendé que fuera más bien primero a una zapatería y le ofreciera al zapatero un cambio: esos zapatos duros que están en buen estado por un par de tenis que le hubiera dejado sin reclamar o, por lo menos, algo más cómodo y blando, para que su camino de paz no resulte tan tormentoso.