Algunos poetas se hacen viejos atenidos a la mentira piadosa de que están destinados por las musas para salvarnos con sus ejercicios retóricos. Pero la poesía es a lo sumo la memoria de las dichas de esta vida mortal, un consuelo ante sus infortunios, o a veces un juego macabro donde el poeta acaba ahorcándose en una posada de cazadores o arrojándose de cabeza a un río, trágico y ridículo.
La poesía no es la sirvienta de ninguna causa. El poeta puede hacerse sirviente pero la poesía odia servir porque anda perdida, sola, mendiga de luz entre la mezcolanza de tantas cosas extraviadas en esta historia que nos contamos entre todos al mismo tiempo, bajo las ruidosas nubes, y las utópicas palomas inventadas por los hipócritas.
Existen muchos poetas de la vida doméstica en la crónica de la poesía. Un montón de románticos tardíos cantaron sus huertos a imitación de Virgilio, la chimenea hogareña, los ojos vacunos de una esposa abnegada o la resignación de un perro viejo en un umbral gastado. El romanticismo oscila entre el entusiasmo del cojitranco Byron por los mitos de la república y la libertad, y la discreción del poeta vestido de entre casa viendo llover por la ventana de una habitación caldeada. La Odisea, continuación del horror de la Ilíada, es síntesis de extremos. La fábula de un falsario sin hígados, capaz de traicionar a sus mejores amigos, con añoranzas del terruño.
La poesía fundadora de la tradición desde el origen estuvo unida a los rataplanes de la guerra. Desde el Mahabharata, el Ramayana, y Homero, los cantos a las banderas, los tambores y los soldados de Walt Whitman, los himnos grandilocuentes de Olmedo a Bolívar y Juan José Flores, el Canto a Stalingrado de Neruda, y los mil poemas en recuerdo de Ernesto Guevara que en paz nos deja descansar. Yo mismo escribí uno dedicado al argentino delirante. Fue traducido hace años en la antología, For Chile, for Neruda, de Walter Lowenfelds. Doscientas páginas de trenos. No me arrepiento. También me tocaron las locuras de un tiempo.
No basta ser poeta para poseer la verdad del futuro. Los poetas suelen ser aguerridos, fanáticos de alguna sórdida diablura cuando se declaran por la concordia. Tal vez deberíamos mermarles la importancia que se conceden a fin de ayudarles a encontrar la humildad que es la piedra de toque de todo oficio. La poesía jamás fue redentora de disparates. No puedes redimir el mundo, poeta, borracho siempre. Ni siquiera conseguirás protegerte de ti mismo. Tus ilusiones derrotan la poesía. La despojan de su virtud principal que es el misterio. La belleza es amarga. Ya sabemos.
El festival de poesía de Medellín ahora en marcha fue copado hace años por el Partido Comunista. Y degeneró en pantomima lastimosa. El pintoresco jolgorio que comenzara como una tenida fraternal entre lírica y sicodélica acabó convertido en una maquinaria de desprestigio del gobierno entre sus despistados huéspedes internacionales, y de propaganda solapada de las pandillas de la izquierda asesina. Haciéndolos cómplices inocentes del terrorismo, la tortura, los campos de concentración y el abuso infantil de una horda de bárbaros.
Pero la poesía aguanta todo. Hasta a sus poetas puestos en plan de voceadores encubiertos de proyectos vergonzosos. Justificando los puñales del fratricidio mientras se exhiben con las rosas del homenaje.
Pico y Placa Medellín
viernes
0 y 6
0 y 6