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Piedad

15 de junio de 2008
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Jean-Paul Marat (1743-1793) fue uno de los personajes más siniestros de la Revolución Francesa y quizás el que más mala fama ha tenido desde su muerte hasta hoy. No fue Marat un funcionario ni tampoco, que se sepa, un asesino. Fue el gran promotor de las listas negras que alimentaron el Terror, el justificador de las masacres y juez retributivo desde las páginas de su periódico, llamado irónicamente, "El amigo del pueblo".

El historiador inglés Simon Schama, en su gran serie "El poder del arte" (Films & Arts), le dedica un capítulo al pintor Jacques-Louis David y a su tristemente célebre intento de convertir a Marat en un mártir y de limpiarlo para la posteridad presentándolo como un Cristo de turbante blanco que se desangra en su bañera. Al escritor alemán Ernst Jünger le llama la atención que los esfuerzos de David y de otros por glorificar a Marat hayan resultado tan estériles. La conclusión de Jünger es radical: "No es lícito erigir un monumento a Marat? Erigir un monumento a un hombre como Marat equivaldría a glorificar el fratricidio". Jünger cree que hay circunstancias históricas que pueden explicar el surgimiento de hombres terroríficos como Marat, pero que cuando se habla de grandeza esos hombres no deben ocupar ningún lugar.

Este es un dilema muy frecuente en las revoluciones y en las guerras. Colombia no es una excepción. En vida, alguien quiso llevar la toalla de Tirofijo al Museo Nacional y después que se supo su muerte han surgido toda clase de continuadores del pintor David empeñados en embellecer para el público y para la historia a un hombre que ensangrentó al país durante medio siglo. Por supuesto la tropa de embellecedores es variada: la mayoría se pone el traje de científicos sociales para hablar de las "causas objetivas" que convirtieron a hombres buenos en seres terribles y que prefieren juzgar formaciones sociales antes que sentar una posición política, es decir, para no atreverse a romper todo lazo con un enemigo de la sociedad.

David nunca insinuó que Marat careciera de responsabilidad, lo que quiso fue convertirlo en un héroe y un ejemplo. La minoría de los embellecedores colombianos quiere que Tirofijo sea un modelo para las nuevas generaciones de colombianos. ¡Qué rara esta pasión y esta compasión para con el verdugo! Hay demasiada piedad hacia Tirofijo y mucha conducta despiadada para con Íngrid; muchos piadosos con los guerreros desbordados y ataques despiadados a los depositarios de la confianza popular. A veces no es posible distinguir y entonces resulta que Marat y David pueden ser una misma persona.

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