Medellín avanza imparable en muchos aspectos, con amplio reconocimiento nacional e internacional, pero lamentablemente parece estancada en una espiral de violencia. La vida en los barrios está conmocionada por la acción de unos 340 combos y bandas cuyas disputas territoriales y actividades delictivas, en todo el Valle de Aburrá, llenan de zozobra a las comunidades.
La ciudad ha superado momentos muy difíciles, en conflictos asociados al narcotráfico y a la violencia guerrillera y paramilitar, pero se enfrenta hoy al asedio de la delincuencia común y de organizaciones herederas de antiguas estructuras criminales que buscan ganar una hegemonía en algunas comunas, a sangre y fuego, para actividades relacionadas con sus delitos como tráfico de estupefacientes, vacunas extorsivas y comercio clandestino de armas y de múltiples bienes ilícitos.
Víctimas del fleteo que son asesinadas sin piedad, sicariato desbordado con crímenes selectivos, asaltos callejeros a mano armada, victimización creciente de mujeres y niños e intimidaciones que obligan a las familias a un desplazamiento forzado, son algunas de las acciones ejercidas por grupos que pretenden imponer su régimen de terror en el Valle de Aburrá.
Son actos que refuerzan la tremenda percepción de inseguridad -sin que haya barrio que escape a esta escalada de la muerte- pese al esfuerzo institucional y a que las cifras oficiales reporten disminución en los crímenes de alto impacto. El temor a quedar a merced de los ilegales, y peor aún, de volver a épocas ya superadas, hace que la ciudadanía reclame decisiones a favor de la búsqueda de salidas del laberinto de la violencia.
Esta semana estuvieron en la ciudad, convocados por la Personería de Medellín, el Instituto Popular de Capacitación y la Universidad de Antioquia, expertos de tres países (Brasil, Argentina y México) para hablar del tema desde un enfoque que va más allá de la intervención policial, involucrando a la propia ciudadanía en la construcción de modelos de seguridad ciudadana.
Las alternativas propuestas coinciden en el objetivo de sacar a los ciudadanos del laberinto, mediante la educación y procesos pedagógicos para disminuir la violencia intrafamiliar y contra las mujeres, procesos de inclusión de los jóvenes y mesas barriales, autogestionadas, para formar comités de pacificación "que demuestren que los habitantes tienen un rol vital en la construcción de espacios seguros" en la ciudad.
Hay una lección que queda y es que frente a una violencia desatada por múltiples causas sólo caben soluciones desde los más diversos frentes. Y eso esperamos todos, pues Medellín acaba de hacer un voto de confianza por una política que busca sacarnos del listado de las 10 ciudades más violentas del mundo.
Al nuevo Alcalde le queda el reto, desde que ponga el pie en el Palacio Municipal de La Alpujarra, de recuperar la seguridad en los barrios y que desde la anunciada Secretaría de Seguridad se trace una política pública, integral y coordinada con todas las dependencias estatales y con plena articulación de la acción institucional contra el delito, para enfrentar a los combos con mayores recursos, inversión en tecnología y con actividades preventivas y reactivas, pero ante todo, que busque el compromiso real de la ciudadanía.
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