La Gabriela es la imagen más dantesca del desastre en el Valle de Aburrá. Antes tuvimos episodios de enorme dolor como los de Villatina, San Javier o Alto Verde. Recientemente venimos registrando el deterioro, aún no dimensionado, de la vía Las Palmas.
Es posible que, sin contar el costo de las vidas que por fallas técnicas lleva a cuestas esta Avenida, en el balance resulten más costosas las medidas de mantenimiento que el total de su presupuesto inicial. Parece que, tanto los estudios previos, como los tratamientos de suelos y drenajes, no hubieran sido los más indicados. Omitiendo la recomendación de no intervenir los taludes, torearon la ladera oriental que cada día pasa nueva factura. Cerraron los flujos naturales de las aguas y, lógico, aparecieron nuevas quebradas que hoy sorprenden las estructuras de cemento. Los remedios parecen paños de agua tibia. Más se demoran en aplicarlos que en mostrar la baja calidad con la que han sido realizados.
Esta vía, igual que los desastres que hacen parte de nuestra historia, es hoy objeto de todos los escrutinios. Pero, más que eso deben ser pretexto para "disoñar" un moderno proyecto de ciudad. Se precisa una política de Ordenamiento Territorial que apunte, no a la solución económica de urgencias, sino a la proyección de un entorno pensado para la satisfacción y dignidad de sus habitantes, esto es, no de reacción, sino de proyección futurista.
Con ese norte, no sonaría extraño que descartáramos la disyuntiva de la construcción del Túnel de Oriente como vía férrea o autopista, y pensáramos que acertaríamos en hacer de una vez dos túneles, que fueran construidos por concesión. La Avenida 34 es ejemplo de proyectos que fueron pensados con sentido futurista. No se hizo en su momento, pero hoy debe trazarse con mayor urgencia, menos garantías técnicas y un costo multiplicado.
Dada la situación excepcional de emergencia acumulada, más importante que tejer una cacería de brujas para señalar responsables, es tomar determinaciones urgentes desde el Concejo y la Asamblea para frenar proyectos que requieran la tala de los pocos bosques que aún quedan en el Valle de Aburrá, disminuir la densidad de las construcciones, tecnificar los estudios y usos de suelos, generar protocolos éticos para conceder licencias, garantizar programas de interventorías responsables, incluso, reconsiderar proyectos que aún no se hayan iniciado.
Habría que sopesar, entonces, la sensatez de la reciente comunicación de la Secretaría de Obras Públicas de Medellín, declarando la inexistencia de riesgos en la parte alta de El Poblado y definiendo las recientes emergencias como fenómenos naturales, desconectadas de la deforestación desaforada que se viene realizando. Ese "parte de tranquilidad" podría ser distractor para retardar medidas urgentes y dar crédito a la sabia sentencia de nuestros viejos: lo barato sale caro.
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