Tremendo error el que cometieron los organizadores de la Fiesta del libro y la cultura de Medellín al desconocer a uno de los más grandes de la literatura colombiana: Gustavo Álvarez Gardeazábal. Sucede que no mencionaron su participación en un generoso aviso publicitario en la revista Arcadia, como sí lo hicieron con otros 108 escritores invitados.
Con una palabrería literaria, días después de publicado el anuncio, Juan Diego Mejía, director de la Fiesta, trató de enmendar la situación. "Carta a un maestro que perdió la sonrisa", fue el título que los lectores de este mismo diario encontraron el 28 de agosto y el que usó Mejía para disculparse.
En la misiva reconoció su error al ignorarlo, aunque de una forma contradictoria. "No se me ha olvidado que escribiste novelas fundamentales para entendernos como nación", señaló. Con una explicación politiquera y burocrática habló también de "la imposibilidad física de escribir toda la programación en corto espacio, cosas como la necesidad de fragmentar la información en varios avisos". Es decir, era imposible que allí hubiera espacio para el nombre de Álvarez Gardeazábal.
"Estoy ‘cagao’ de la risa de ver cómo lo que podía haber sido una jugada maquiavélica de los cenáculos de la intelectualidad paisa para no poner mi nombre, terminó convirtiéndose en esta bola de nieve", dijo en una entrevista posterior a El Colombiano el escritor.
Para él no es nada nuevo que la burócrata intelectualidad lo ignore. También en su propia tierra tuvo que salir como desplazado a Pasto, porque los poderosos que pretendieron minimizarlo lo querían tener lejos. Lo que no imaginaron fue que ese exilio le permitió, lejos del ruido de la sociedad caleña, escribir su obra Cóndores no entierran todos los días. Ese libro, tras 42 años de haber sido publicado, tiene un notable éxito en ediciones legales: 120. Además, es considerado una obra esencial de la novelística Latinoamericana. Millones de lectores conocen esa narración que retrata el llamado periodo de La Violencia en nuestro país. Con esa obra ganó el Premio Manacor, teniendo como jurado al Nobel Miguel Ángel Asturias.
Pero en el país, poco se le ha reconocido, a pesar de que su apuesta literaria sea adentrarse en la realidad del propio país, ahondar en él, descifrarlo. Desde aquí publicó sus primeros cuentos en la Estafeta Literaria de Madrid o en la revista Mundo Nuevo de París. Él mismo dijo, al recibir el doctorado honoris causa de la Universidad del Valle, que ha sido criticado y admirado sin ir a pagar tributo al mundillo bogotano y sin hacer sellar el pasaporte para honrar a los marxistas de París, que escogían quienes podían ser escritores en Latinoamérica.
Esa lengua picada es la de crítico literario, periodista y político, pero como escritor el valor de su obra es el retrato de los personajes oriundos del lugar de sus raíces, costumbres y creencias; su terruño: Tuluá. "Mi espacio literario, el novelístico y el investigado ha sido siempre este valle, otrora idílico, que no tuvo derecho a recoger las cenizas de Jorge Isaacs y se sigue deleitando en cortarnos la cabeza a todos los que hayamos intentado sobresalir", dijo en el discurso ya citado.
Es llamativo cómo en los eventos literarios de Colombia se le extienden las alfombras rojas a escritores internacionales e, incluso, a aquellos nacionales que se formaron en París, Nueva York o Barcelona. Para esos que se han hecho en el país no hay tanta pleitesía. Gardeazábal es uno de ellos.
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