La verde esperanza de Colombia está representada en sus niños que corren y juegan con su inocencia en campos y ciudades.
Entre la verde coca que los mayores cultivan en las montañas, ellos también llevan su vida infantil. Lloran y ríen, ajenos por completo a esas ideas de grandes que estigmatizan una planta que por sí misma no puede ser mala ni buena. Muchos de ellos ni siquiera conocen otras ideas, menos maliciosas, según las cuales, esta planta se asocia a rituales y costumbres indígenas.
Niños que van a la escuela por entre campos sembrados de coca, sin terminar de entender por qué esos parajes que llenan de verde sus ojos se tiñen de rojo con sangre de seres amados o conocidos, en una guerra alimentada por el control del negocio de ese cultivo ilícito. Y que al regresar del estudio, juegan entre los matorrales que hacen parte de su hábitat.
La esperanza de sus padres es que ellos, cuando crezcan, no deban empeñar su destino en la siembra y cosecha de unas plantas, inocentes como sus hijos, que la perversidad de los grandes ha hecho sinónimo de plata fácil... y de muerte mucho más fácil aún.
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