Una de las principales características del Estado moderno europeo fue su esfuerzo supremo por controlar todos los procesos de producción de la vida y de la muerte dentro de su territorio. Esta vieja capacidad de dominio recibió un nombre hace poco gracias a Michel Foucault y se le llama "biopoder". Como en todos los demás campos, este poder estatal está siendo desafiado en las últimas décadas por las empresas, las religiones y los científicos.
El caso de la gripa AH1N1 es el último ejemplo de la manera como se desarrolla la lucha por controlar la vida. El proceso ha girado alrededor de la difusión de una epidemia de miedo, que tuvo como eje a la Organización Mundial de la Salud (OMS).
En ese sentido, la OMS se ajusta perfectamente a la definición y ha actuado como una organización terrorista, de hecho el escándalo sobre la gripa causó más daño que la gripa misma y que el supuesto ataque terrorista a Estados Unidos con ántrax en el 2002.
La gripa fue usada por los chinos como excusa para la discriminación nacional, por la oposición para atacar al gobierno de Calderón y por los gobiernos de Venezuela y Argentina para bloquear a México, pero los grandes beneficiarios son las compañías farmacéuticas europeas que ya han vendido miles de millones de dólares de una vacuna que todavía no han producido. Un auténtico negocio. Y eso que aún falta por revelarse el lado ridículo del asunto: esta gripa es el virus menos expandido de los últimos que se han inventado y producirá menos muertes en todas partes que la gripa común.
En Medellín pude ver las piadosas advertencias difundidas por respetables administraciones en los centros de trabajo. Dos monumentos a la ignorancia me llamaron la atención: no coma carne de cerdo y no abrace a la gente. Sin embargo, esas recomendaciones ilustran bien dos temas sobre los que discurre el biopoder que son el control sobre la comida y el control sobre las relaciones sociales.
El control sobre la comida tiene un común denominador que consiste en que lo que elaboran los productores nacionales es nocivo para la salud y lo que producen las grandes compañías del norte es bueno. No se trata sólo de que el café, el ajonjolí y la res sean malos, y el té, la canola y el pescado sean buenos; se trata también de que el arroz es malo en un plato pero bueno en una caja de cereal. Y el gran capital del que disponen los países periféricos respecto al norte, que es el fuerte entramado social de afectos y comunidades, se amenaza con el miedo a la contaminación. No se junten, no se abracen, no se besen, porque si lo hacen morirán.
Gobiernos, iglesias, corporaciones y científicos luchan por controlar nuestra vida. Ese es el principal campo de batalla por la autonomía de la persona.
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