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El lobo estepario, animal ajedrecista

  • El lobo estepario, animal ajedrecista
01 de enero de 1900
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  • Hoy, en la colección Premios Nobel, la obra de Hermann Hesse
Por
Héctor Cañón Hurtado

¡Juégala! La vida es una partida de ajedrez. En tu tablero eres el rey, pero cada figura y movimiento te afectan y pertenecen porque llevan algo de ti.

Sólo si tú caes, si te matas, si te emboscan habrá llegado el fin. Las demás fichas son aquellos que están al frente, defendiendo o atacando, a un lado, adelante o atrás. Puede que ellos seas tú mismo en otra época, en otro estado de ánimo, en otro de los mundos que han sido tu mundo. Cada cuadro, vacío o ocupado, querido animal que juega a ser hombre, es una posibilidad, una senda diferente a todas las demás.

¿Por qué unas vidas duran más que otras? ¿Por qué algunos son reyes y otros los protegen? ¿Cómo atinar a ser en un segundo torre y, en el siguiente o a la vez, alfil en el juego de los días sin desaparecer?

¿Cuándo debes brincar como los caballos, poner el pecho como los peones o moverte a voluntad como las reinas?

Una metáfora
El Lobo Estepario de Hermann Hesse es la metáfora de un animal que juega ajedrez. Es, también, el aullido de un lobo que ve cómo su personalidad se multiplica, se vuelve todos los hombres que la han habitado, para reconciliarse en el instante eterno de la iluminación. Puede ser la luz de la poesía o de la tierra devorando al sol, la fe de un acto anónimo y mortal, el Don Juan de Mozart lo que, en verdad, hagan al hombre infinito por unos segundos, minutos, en el momento en que todos los seres que lo habitan logran la armonía esencial.

El ser humano, ese eterno lobo estepario, animal desterrado, es un espacio, un laberinto donde confluyen los tres tiempos de la existencia. Sí, en el instante, también somos el feto que estuvo en el vientre y los despojos solitarios que irán al silencio de las tierras compactas.

Todos, sin excepción, somos un lobo, un hombre y, como si no fuera suficiente con el dilema de la dualidad, también somos todas las estaciones, los matices que hay en el viaje del animal hacia el ser humano, de un alma hasta la otra.

Robert Louis Stevenson, tras la publicación de Dr. Jekyll and Mr. Hyde, dijo que él apenas había narrado los dos polos opuestos que habitaban a un mismo ser humano. Ya llegarán otros que descubran una república dentro de un solo hombre.

Y llegó Hesse. Harry Haller, un burgués europeo con demasiadas inquietudes intelectuales, llega a una ciudad de la novel América. La narración empieza, a la manera de La Vorágine de José Eustasio Rivera o La Casa de los Muertos de Fedor Dostoyevski, con las anotaciones de un tercero que encontró un diario manuscrito ajeno y se ve en la necesidad de hacerlo público.

Así, pues, comienza el relato. Un hombre mira en su interior desde los ojos de otro, que podría ser él mismo. Luego, aparece el protagonista de la historia para contarla desde su perspectiva. Él cree ser un lobo estepario, un pobre diablo, un animal solitario y lejano que no encuentra motivos suficientes para fundirse con el prójimo y con los otros seres que él mismo ha sido a lo largo de medio siglo de vida.

Junto a ellos, nuestro lobo estepario, Hermann Hesse, Harry Haller, asume la desintegración de su yo para conciliarlo, sobre el final del relato, en el instante de la iluminación. Mozart y Goethe acuden al festín primitivo para reírse de Harry, de nosotros, serios lectores y de sus muertos afanes de ser uno solo, indivisible, finito.

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