Al igual que nuestro nuevo mejor amigo, a Calígula, en las plazas de Roma, la gran multitud enardecida también lo ovacionaba. No le gritaban "hasta la victoria siempre", pero cariñosamente coreaban su nombre entre tiernos versos que terminaban en estribillos que contenían apodos como: "nuestro bebé" y "nuestra estrella".
Calígula también se dejaba seducir por el socialismo: expropiaba, era muy generoso con el pueblo y a los miembros del ejército les daba bonificaciones, recompensas y gabelas, para mantenerlos de su lado, y lograr que lo acompañaran en la conquista de sus objetivos políticos.
Nuestro vecino, al igual que Calígula, también tenía su "Guardia Pretoriana", que le ayudaba a purgar y debilitar a sus oponentes para garantizar el ascenso y permanencia en su trono de "emperador del siglo XXI".
Calígula, con la misma estrategia de nuestro vecino, también logró hacerle creer al pueblo que él era un ser superior, el irreemplazable, el inigualable, el único capaz, el salvador, el redentor, el mismísimo dios de los cielos.
Al igual que el pueblo y la Asamblea de un país vecino, el senado romano a Calígula lo creía un dios y le rendía culto en vida.
De la misma forma que ocurre con nuestros "hermanos" bolivarianos, el pueblo amaba tanto a Calígula que poco les importaba que fruto de su ineptitud y extravagancia se dirigieran hacia una fuerte crisis económica, en la que se agotaron las riquezas del Imperio.
Era tal su veneración por su emperador, que los romanos, al igual que nuestros vecinos, le alcahueteaban, hasta llegar a la hambruna y el desabastecimiento.
Calígula también sufrió una grave enfermedad.
Al igual que nuestros vecinos, los habitantes del imperio romano, desconcertados, se paralizaron al escuchar la noticia, pues creían que su líder era el único capaz de llevarlos a la prosperidad.
De la misma manera que le ocurrirá al líder bolivariano, Calígula se recuperó de su enfermedad y el haber estado tan cerca de la muerte le cambió la forma de gobernar, y se puso mucho, pero mucho más arrecho: ordenó asesinar a sus seguidores que juraron dar la vida si el emperador recuperaba la salud. Arreció su persecución de sus adversarios y llevó al suicidio a su gato, a su esposa y a su suegro.
Calígula enloqueció y para fastidiar a sus oponentes y evidenciar su desprecio por instituciones públicas del Imperio nombró senador a Impetuoso, su hermoso caballo de carreras.
Tal vez en esto último existe una diferencia entre Calígula y el convaleciente presidente del vecino país: para fastidiar, el primero permitió que un caballo llegara al poder, mientras que el segundo, para manipular, no permitió que un Cabello asumiera el poder.
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