Apagada la pólvora decembrina y de fin de año y terminada la pausa de vacaciones, que de una u otra forma descongestiona la ciudad, Medellín empieza de nuevo su camino de urbe ruidosa. Hay que estar preparados para revivir la tortura.
Ahí está el ruido. Taladra, hiere, enferma, entorpece, lleva al borde de la locura. Se alarga, se retrae, se amontona, se arrastra, golpea contra las paredes, se represa, estalla. Estalla dentro de uno. Resquebraja la soledad, el silencio interior, ese último refugio donde uno intenta guarecerse, pero hasta donde el ruido llega, infiltrado, serpenteante.
El ruido busca llenar un vacío interior. Es problema de las almas, no de las máquinas. Una ciudad poblada de ruidos, a toda hora y en todas partes, es algo más que la imagen de una cultura mecanizada. Es el síntoma de la deshumanización de una sociedad que ha perdido los perfiles del espíritu, la exquisita delicadeza de la paz, de la serenidad, del silencio.
Mientras escribo intento aislarme, abstraerme, navegar hacia dentro. No oír, no oír. Es imposible. Por la ventana penetra el ruido sordo, redondo, arrastrado, de la calle. Un ruido viscoso, constante, sin intermitencias, que lo va rodeando a uno y se le pega como una piel. Ruido odioso y hostigante, que sube del asfalto como una bocanada caliente. Ruido infernal, enervante, enloquecedor. Ruido que penetra, que barrena y se hunde en el cerebro hasta el dolor. Duele en los oídos. Duele en la frente. Duele en la sangre. Por todo el cuerpo.
Hemos perdido el sentido de la soledad, la capacidad de silencio. Por eso reina la mediocridad, el descontrol. Detrás del ruido hay algo que se descompone. Un pueblo sin alma, al que, para que no piense, hay que prenderle radios transistores, equipos de sonido, televisores, altoparlantes que invadan el ambiente. Un pueblo de autómatas arrastrados sobre el asfalto para ensordecer la conciencia. Un pueblo cuyos jóvenes aran su desesperanza montados en una estentórea fugacidad.
Las campañas contra el ruido, para que sean efectivas, tienen que ir complementadas, creando en la gente una necesidad espiritual que le ayude a desalojar el ruido y recuperar el silencio. La música, el arte, la lectura, la religiosidad, el placer de la conversación, el sentido del hogar y de la familia. El amor a la naturaleza, al campo. El estudio, la investigación, la capacidad de reflexión interior. Los placeres sencillos de la vida. Pero, por lo general se le hurta el cuerpo a la soledad. Se tiene miedo a encontrarse a solas consigo mismo. Andamos desparramados, dispersos, volcados hacia fuera. Mejor apague y vámonos. Mañana será otro día. Aunque en esta ciudad del desasosiego, la aurora no amanece, la rastrillan los motores contra el suelo, como un fósforo.
Pico y Placa Medellín
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