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CON FECHA DE CADUCIDAD

  • CON FECHA DE CADUCIDAD
31 de julio de 2014
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Cada vez somos más juiciosos con observar en los supermercados las fechas de vencimiento de lo que compramos. Lo curioso es que, siendo meticulosos en asuntos personales, esa preocupación contrasta con la vista gorda que tenemos con algo de mayor magnitud: la caducidad de vida de este globo que habitamos y que cada día da evidencias más angustiosas de su enfermedad terminal. En los últimos días hemos leído y escuchado una cascada de información deprimente sobre los recientes impactos del calentamiento global.

Son noticia de diario las innumerables especies que agonizan por la ingesta de plástico en las playas y los mares, animales que yacen deshidratados en desiertos que antes eran humedales, incendios forestales que, por su número y dimensión, se vuelven incontrolables, industrias que con procedimientos irresponsables contaminan ríos y quebradas o arrasan reservas forestales.

A esta debacle se suman las denuncias de los científicos por el alarmante adelgazamiento de la capa de ozono, el acelerado deshielo de los glaciares, las temperaturas que sobrepasan la capacidad de supervivencia de las especies vivas, los cultivos transgénicos, el uso indiscriminado de pesticidas y las plagas artificiales que enloquecen el ciclo vital de la naturaleza, los dantescos daños ecológicos producidos por la explotación minera o el sabotaje a oleoductos, el número de poblaciones que no tienen acceso a fuentes de agua potable que en algunos países empiezan a llamar "petróleo azul".

En pocas décadas estaremos deambulando con máscaras protectoras dentro de montañas de basura, como si el mundo fuera un relleno de plástico, icopor, desechos eléctricos y electrónicos y residuos tóxicos.

Con la agudización de la crisis es habitual señalar culpables a nivel macro. Imposible disculpar la responsabilidad de las políticas internacionales, la negligencia de los gobiernos, la displicencia de la industria o la impertinencia de los sistemas educativos.

Pero lo más importante es que cada quien llegue a preguntarse qué hace o no hace para frenar el descontrol que hemos generado, y cuáles podrían ser los hábitos cotidianos con los que contribuyera a frenar los cambios brutales que está dando la naturaleza.

Muchas veces oímos decir con desfachatez que no nos tocará vivir el final catastrófico que predicen los ambientalistas. ¿Qué hubiera sido de nosotros si quienes nos antecedieron hubieran tenido el mismo argumento? Nuestra responsabilidad no es solo con nosotros mismos, sino con las generaciones que nos sucederán.

En este propósito es urgente que en los currículos escolares se haga mayor énfasis en una cátedra vivencial, y no tanto de aula, que promueva la responsabilidad ambiental. Y no para aprender datos de los que se nos advierta se preguntaría en las pruebas Icfes y Pisa, sino para transformar modos de moverse en este planeta. Sería una cátedra de observación, porque lo que simplemente falta es abrir los ojos para enterarnos de las profundas transformaciones que está viviendo el planeta en el que vivimos.

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