Hace 30 años André Gorz, una de mis compañías silenciosas, incluía en su visión de socialista ecológico una profunda crítica a la ideología del automóvil, objeto al que clasificaba como un "lujo antisocial". Sus dardos iban en dos direcciones: el carro consolida la idea liberal de que cada uno está por encima de los demás y contribuye a una deformación del entorno y de las ciudades. Confieso haber adherido a la religión que tiene al auto como un emblema del demonio.
Las advertencias de Gorz siguen siendo ciertas, pero son de largo plazo, ideas programáticas de esas que sólo pueden cumplir los Estados o las iglesias, que ningún ciudadano común negará pero que tampoco cumplirá. De hecho, las cosas parecen andar en dirección contraria. Cada vez más tener automóvil es como tener un pequeño título nobiliario en la Edad Media o ser un hombre libre en la Grecia clásica. Sólo merecen respeto los poseedores de uno y merecen más respeto los dueños de más de uno o de los más grandes o de los más caros.
Se siente en la casa: el portero de mi edificio atiende primero a un visitante motorizado que a mí, que soy residente y llegué primero; me pide un poco de silencio si pongo a bramar a Led Zeppelin a media noche pero se aguanta el pito y los rugidos motorizados a las dos de la mañana; considera lesiva el agua con que riego mi hortensia en el balcón, pero se le hace natural que nos llenen el edificio de dióxido los que calientan el carro en los parqueaderos.
Se siente en el trabajo. Todos los propietarios de carros tienen prerrogativas que yo no tengo: llegan tarde y se van temprano porque tienen pico y placa, pueden retardarse en las reuniones porque había trancón o no encontraban parqueadero, salen varias horas al mes al taller o al tránsito. Yo en cambio que me movilizo en transporte público no tengo disculpas y no puedo salir tan olímpico a las 10 de la mañana diciendo que me dieron ganas de ver a una tía que extraño o a aprovechar que mi hijo no tiene clase hoy.
En una ciudad llena de problemas por la avaricia privada y un viejo acumulado de rentismo público, el pico y placa se convirtió dizque en el principal problema urbano, todo por obra y gracia de los miembros de la secta dominante del automóvil. En estos días de furia el inconsciente me asalta de dos maneras: de noche sueño que conduzco la barredora de Homero Simpson destruyendo los vehículos que infringen las normas o son ruidosos o son muy grandes; de día me asalta la pesadilla de comprar carro. Venceré ambas.
Pico y Placa Medellín
viernes
0 y 6
0 y 6