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¡Ay, mi alma!

  • Arturo Guerrero | Arturo Guerrero
    Arturo Guerrero | Arturo Guerrero
30 de marzo de 2010
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No hay duda de que el mundo avanza hacia la supresión del alma. El alma es lo que diferencia a un hombre del otro, y hoy reina el unanimismo. El alma siente necesidades exquisitas, y hoy la gente se atiborra de basura. El alma lee, y hoy los almacenes de muebles abolieron las bibliotecas.

Gracias al alma antiguamente los jóvenes se embarcaban en aventuras inútiles y se casaban con causas sacrificadas. Ahora nadie da un paso sin financiación, nadie tiende la mano a la víctima sin fundar antes una ONG.

Las almas se asomaban a los ojos en aquellos tiempos cuando la inocencia pensaba que los demás eran semejantes. En la carnicería corriente hay que llevar gafas oscuras para ocultar el abotagamiento de los párpados.

También las almas se dejaban ver en cuerpos gráciles, circulaban a gusto a través de coyunturas versátiles, ondeaban en cabelleras perfumadas de monte. Hoy los vientres abultados acusan solo el exceso y por eso se someten a cirugías para tomar prestadas almas falsas.

Las ilusiones se aposentaban en las almas. Muchos dedicaban media vida a labrar una utopía, sin pensar en el dinero. En la actualidad todo debe ser rápido y fácil, en especial la plata, la fama y el poder. Si para alcanzar este botín hay que matar, qué importa el remordimiento si al tercer muerto se acostumbra el dedo índice.

Los poseedores de alma son bichos raros, desadaptados en conglomerados de autómatas que adoran las pantallas. Casi siempre andan solitarios porque no hallan prójimos entre sus contemporáneos. Para convivir deben echar mano de los libros donde conversan con calma los antepasados lúcidos.

Los centros comerciales abundan en maravillas para la vanidad, mientras las librerías se cierran o se convierten en papelerías o en cafés para tertulia. El placer ha sustituido al éxtasis y el frenesí se ha impuesto sobre el arrobo.

El mundo no tiene lugar para lo inútil, lo gratuito ni lo débil. A este paso desaparecerán los degüellos de soles vespertinos, los regalos, el saludo. Ningún treintañero quiere tener hijos, porque los niños son estorbo. El futuro hiede, que viva el presente, que el ruido ahogue la música.

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