Berlín, 1852, un tablero cuadrado de ocho casillas bicolores por lado. Con las piezas blancas el ajedrecista polaco Adolf Anderssen, con las negras el bigotudo alemán Jean Dufresne. En la jugada 47 Anderssen canta el mate, luego de trazar los últimos lances al filo de la navaja, con su rey a solo una jugada de la muerte.
Las negras han avanzado hasta la nuca adversaria con un aire de victoria rápida, mientras las blancas entregan piezas, mueven peones insignificantes, aletean como mariposa clavada por alfiler. Un error sería causa eficiente de que la reina negra acogotara sin remedio al soberano condenado.
Los espectadores no sufren, otorgan credibilidad plena al ataque negro, compadecen al pobre Anderssen. Este encadena jaques que parecen suspiros de agonía. En un instante todo muta, el moribundo se crece, ejecuta la estocada fatal para las negras y resuena un clamor de admiración. Nadie esperaba tamaño sesgo. El humillado vence, sigue vivo, para siempre vivo.
Ciento sesenta años más tarde de esta Siempreviva, considerada la más bella partida de la historia del ajedrez, la escritora colombiana Monique Savdié la retomó como metáfora del secuestro. El frente 55 de las Farc, comandado por Romaña , plagió en Bogotá a un joven industrial judío, lo encaramó al páramo de Sumapaz y tras el pago de una extorsión millonaria lo soltó a los cien días. Eran los estertores del despeje en el Caguán.
En tablero entregado por un guerrillero y con piezas talladas en madera por el mismo secuestrado, este libró con sus custodios una serie de desafíos redentores. Así lo presenta el libro La partida , lanzado por Ícono editorial la semana pasada en la capital: "En una guerra sucia donde no se sabe quién gana ni quién pierde, la victoria muchas veces se lleva por dentro? Por primera vez desde su captura se sintió artífice de sus movimientos y dueño de las mismas reglas de juego. Sobre el tablero se daría la venganza del espíritu".
Savdié, también artista plástica, concibió su narración sobre la estructura de la Siempreviva: una jugada, una página, un episodio cautivo; mitad blancas, mitad negras; en un formato cuadrado y plegable, con ilustraciones y brillo de libro arte. Su texto fragmentario y apretado se aferra a los mojones indispensables para que el lector arme una imagen de esencias. Nadie había contado un secuestro con tanta eficacia, en tan singulares jugadas del lenguaje.
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